jueves, 31 de agosto de 2017

Capítulo 3: El final del verano




Es septiembre del setenta y tantos y se acaban las vacaciones de verano. Los niños empiezan ya el colegio y la familia Echeverría se reúne en el jardín de Alberto y Sofía como cada año.

Después de la comida familiar, Reme lleva la bandeja del café al jardín, porque doña Fedora ha traído unas pastitas de escándalo y van a remojarlas un poquito en la sobremesa.





Seguramente los pondrá hiperactivos, pero los pequeños dan buena cuenta de unas coca-colas mientras juegan al veo veo. Habrá que disculpar a la familia porque todavía no saben mucho de los efectos de la cafeína...



Sofía, pensativa, sirve el café que ha traído Reme...




-Alberto, llevo todo el verano dándole vueltas a la traducción de un nuevo autor francés de aúpa -dijo el señor Manuel-. A ver si te paso la novela, a ver qué te parece. 
-Ya tenía ganas de volver al trabajo -contestó su hijo entre risas-. Los niños son más agotadores que una jornada laboral.





Doña Sofía salió rápidamente de su ensimismamiento.

-Habráse visto, Fefé -dijo a su suegra-. Menuda poca vergüenza tiene su hijo. ¡Pero si de los niños me encargo yo!... ¡y todo el año!
-Ay, hijita, qué me vas a decir. Buen chico Albertito, pero es un antiguo. ¡Más que su padre!





Pedrito, que oye que hay jaleo, se acerca a cotillear lo que hablan los mayores.

-Hijo mío, creo que están hablando de tí -don Manuel se reía-. A ver qué ejemplo le das a Pedrito...
-Bah, Sofía exagera... Si soy un padre abnegado: ¡El otro día jugué con ellos al Monopoli!




-Será posible, pero si eso no es NADA. Con todo el trabajo que dan los niños y ¿tú dices que jugaste el otro día al Monopoli?
-Bueno, bueno, haya paz. Vamos a despedir al verano con amor y concordia -se reía don Manuel-.




-A ver, cielo, si me necesitas para que te ayude, dímelo -le decía conciliador don Alberto a su esposa.
-Muy bien, te voy a ir diciendo, Alberto. Las cosas van a cambiar porque yo necesito hacer otras cosas...




Carlota, que, al igual que su hermano, no perdía ripio de la conversación, se acercó a su abuela.

-Abuela, ¿por qué se enfadan los papas?
-Cielito, no se enfadan. Es que tu mamá se está emancipando. Y eso está bien. A tí te abrirá el camino -le dijo guiñándole un ojo.
-Ah, ¡entonces yo seré una mujer emancipada! -contestó Carlota muy contenta, pero sin saber muy bien lo que significaba aquello.





-La abuela dice que voy a ser una mujer emancipada.
-Ah, pues muy bien -le dijo su hermano animándola.




-¿Y tú? ¿Tú también vas a ser un hombre emancipado?
-Pues no sé -le contestó pensativo-, yo es que quiero ser médico.




Sofía se acercó a su suegra y le dijo al oído que quizá había llegado el momento de "decirlo".

-Pues sí, querida, tienes toda la razón. Es el momento perfecto.





-Alberto, tu mujer tiene novedades -dijo doña Fedora a su hijo.
-Cariño -dijo Sofía solemne-, voy a volver a estudiar. Quiero sacarme el graduado.




-Pues aplaudo esta noticia, cariño -dijo Alberto a su esposa-. Siempre te ha gustado estudiar y me parece estupendo.
-Bueno, bueno, eso está muy bien -dijo doña Fedora socarrona-, pero a ver si le echas un cable para que pueda con todo.
Don Manuel reía divertido: "Ay, Alberto, ¡que vas a tener que hacer más cosas que jugar al Monopoli!"




Y así siguieron hablando y riendo. El nuevo curso escolar se presentaba muy interesante...





-¿Has oído, Carlota? ¡Mamá va a ir al cole!
-Sí, Pedrito. ¡Como nosotros!



-Chicos, queréis otra coca-cola?




-Vale, vamos a brindar por el nuevo curso, que quiero sacar buenas notas -dijo Carlota.
-Pero si las sacas siempre.
-Por eso...



Y así acabó la tarde. Los más pequeños siguieron hablando de sus cosas y jugando al veo veo. Al parecer, todos tenían planes para el nuevo curso...




El final
del verano
llegó,
y tú partirás.
Yo no sé
hasta cuando,
este amor
recordarás.

Pero sé
que en mis brazos,
yo
te tuve ayer.
Eso sí
que nunca,
nunca yo
olvidaré....








CONTINUARÁ...